Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Mt 21,28-32

Comenzamos la eucaristía desde la antífona de entrada, reconociendo que la situación que vivimos por esta pandemia, es fruto de nuestros pecados, por no obedecer los mandamientos de Dios, pero acudimos con humildad a la gran misericordia del corazón de nuestro Dios.

Precisamente invocamos a nuestro Dios, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia, y le pedimos que aumente en nosotros su gracia, para que, aspirando a sus promesas, nos haga participar de los bienes del cielo.

Hoy respondemos al salmo con la antífona “recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna”. En realidad, el significado de esta frase es “recuérdanos, Señor, que tu misericordia es eterna”. El Señor no puede olvidar que su misericordia es eterna porque él es la misericordia en persona; somos nosotros los que pensamos muchas veces que Dios no puede perdonarnos de tantos pecados cometidos. Una de las peores tentaciones es la de desconfiar de la misericordia de Dios. Esta tentación llevó a Judas a ahorcarse, desesperado de que su pecado pudiese ser perdonado.

La misericordia del Señor y su ternura son eternas, no se acuerda de nuestros pecados ni de las maldades de nuestra juventud si le pedimos perdón con humildad, acudiendo a su bondad. Él es bueno y recto y enseña su camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes. La clave de todo está en la humildad, humillarnos delante de Dios reconociendo todos nuestros pecados, sin ocultar ninguno.

Primero tenemos que contemplar mucho el testimonio de Jesucristo y, desde esta experiencia, suplicar cada día la humildad, la verdadera humildad: “Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo”. Esta oración, para que sea verdadera, debe brotar de un corazón humillado y arrepentido. Los publicanos y las prostitutas aprendieron de Juan Bautista el camino de la salvación y se convirtieron para entrar en el reino de Dios. Tú y yo debemos aprender del mismo Jesucristo este camino, como reza el salmo: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y salvador, y todo el día te estoy esperando”.

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