Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Mt 21,33-43

Los saludo de esta manera, haciéndome eco del mismo San Pablo en la segunda lectura de la eucaristía de este domingo. Continúa el apóstol abriendo su corazón a los filipenses recomendándoles algo que necesitamos mucho en este momento: “que nada los angustie, al contrario, en cualquier situación, presenten sus deseos a Dios, orando, suplicando y dando gracias”.

San Pablo nos exhorta a que tengamos en cuenta todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable y todo lo que es virtud o mérito. Nos da un buen plan de vida para la situación presente, y nos asegura que, de esta manera el Dios de la paz estará siempre con nosotros. ¡Cuánto nos consuela la palabra de Dios!, el Espíritu Santo siempre acierta con su palabra viva y santa.

En esta situación ya tan larga de pandemia el Señor no quiere que perdamos el tiempo, él nos ha elegido para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto dure. Por medio del profeta Isaías nos recuerda que él nos ha amado y nos ama con un amor de predilección; con todo cariño y cuidado nos ha plantado en su viña, en la Iglesia, y espera que demos buenos frutos, no racimos amargos que sólo sirven para hacer vinagre. Su dedicación y esfuerzo por cada uno de nosotros es constante, no deja de prodigarnos todas sus atenciones y cuidados, llenos de misericordia y paciencia infinitas. Algunos ya vamos teniendo bastantes años y creo sinceramente que el Señor, lo digo por mí, esperaba más y mejores frutos…

Pero todavía y hasta el último momento de nuestra vida, estamos a tiempo para abrir nuestros corazones a una verdadera conversión, dejándonos transformar el corazón, abandonando lamentos y quejas inútiles, superando la pereza con una generosidad creciente. Con el salmo pidamos al Señor que vuelva cada día a visitarnos, para hacernos fuertes y vigorosos. Con su gracia no nos alejaremos de él, supliquemos: ¡danos vida para que te invoquemos, restáuranos, que brille tu rostro sobre nosotros y nos salve!

Jesús en el Evangelio de hoy, a través de una parábola, se hace eco de la profecía de Isaías, dirigiéndose a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. En distintas ocasiones, el Señor denuncia con gran dolor de su corazón, el rechazo de muchos israelitas a los mensajeros y enviados que les hablaban en nombre del mismo Dios. El colmo de este rechazo y falta de respeto será hacia el mismo Jesucristo, al que van a crucificar… El Evangelio desde el mismo nacimiento de Jesús y, sobre todo en su vida pública, nos da testimonio de este desprecio e incluso persecución.

Hace más de 2000 años que vino Dios a la tierra para salvar a la humanidad y, a fecha de hoy, hasta en la misma iglesia, se dan apostasías, rechazos, indiferencias y blasfemias. ¿Estamos colmando la paciencia del buen Dios? No podemos escurrir el bulto ni mirar para otro lado. Cada uno de nosotros debemos hacernos la pregunta: ¿estoy dando en mi vida el fruto que Dios quiere? ¿Cuándo voy a tomar la determinada determinación (como decía Santa Teresa) de seguir a Jesús con fidelidad, rechazando las tentaciones del mundo, del demonio y de mi propia carne?

“El Señor nos ha elegido para que seamos santos e irreprochables en su presencia por el amor”, dice un himno que rezamos en vísperas. También dice el himno que el Señor nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia redunde en alabanza suya. Por Jesucristo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. El plan de Dios, realizado por Cristo, espera su momento culminante: la recapitulación en Cristo de todas las cosas del cielo y de la tierra.

Tenemos experiencia comprobada de que sin Cristo no podemos hacer nada, pero, con Cristo decimos lo que dijo San Pablo: “todo lo puedo en aquel (Jesucristo) que me conforta”, que siempre está conmigo y nunca me abandonará, nada puede separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Pedimos al Señor del universo, por intercesión de San Francisco de Asís, que derrame sobre nosotros su misericordia, para que perdone lo que pesa en nuestra conciencia, y nos conceda aún aquello que no nos atrevemos a pedir. Nuestro Dios todopoderoso y eterno desborda con la abundancia de su amor los méritos y los deseos de los que le suplicamos.

¡Confiemos en Él!

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