Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio XVII Tiempo Ordinario, San Lucas 11,1-13.

Muy queridos hijos:

Que la gracia de nuestro señor Jesucristo, el amor del Padre y el consuelo del Espíritu Santo, estén con todos ustedes.

Cada domingo el Señor nos reúne y nos hace habitar juntos en su casa para la celebración de la Eucaristía, para darnos fuerza y poder a los que somos su pueblo. Él se complace en vivir en su santa morada, que es la Iglesia, y también habita en los corazones de sus fieles, si estamos en gracia de Dios.

Nuestro Padre Dios es protector de los que esperamos en Él; sabemos que sin él nada es fuerte ni santo, por eso él quiere multiplicar en este día en nuestros corazones su misericordia para que, instruidos y guiados por Él, de tal manera nos sirvamos de los bienes de este mundo, que podamos realmente estar ya pegados a los bienes eternos.

Impresiona, hermanos, realmente el testimonio de la primera lectura: es el diálogo precioso entre Abraham y Dios, para ver si puede todavía salvar de la destrucción a Sodoma y Gomorra. Se presenta como un regateo respetuoso entre Dios y Abraham para ver si, aunque sean pocos los justos que se puedan encontrar, las ciudades puedan salvarse. Es cierto: Dios está esperando nuestra intercesión por los demás para derramar su misericordia y su gracia.

El evangelio nos presenta, como cada domingo, el cumplimiento de la profecía de la primera lectura. Jesús nos enseña a orar, nos enseña la oración de los hijos de Dios: el padrenuestro; pero aprovecha la ocasión para proponernos una parábola en la que nos asegura que tenemos que insistir, como Abraham intercede por Sodoma y Gomorra, tenemos que insistir pidiendo con esperanza, con confianza, con perseverancia, contra toda esperanza.

Nuestro Padre quiere dar el Espíritu Santo a los que se lo piden. ¡Cuánto más nos dará también lo necesario para nuestro sustento diario!

Pero vayamos de nuevo al Evangelio: el texto comienza diciéndonos que Jesús estaba orando en cierto lugar, cuando los discípulos se acercaron a pedirle que les enseñara a orar, como Juan Bautista había enseñado a sus discípulos.

Muchas veces el evangelio nos da testimonio de que Jesús oraba de noche o de madrugada. Los discípulos sentían admiración por esta oración íntima de Cristo con el Padre. Por ello, cuando termina de orar, se acercan hoy a suplicarle esa oración tan necesaria; y el Señor les enseña, nos enseña el padrenuestro.

En esta oración están resumidos todos los dones que el Padre nos quiere dar a sus hijos amados y todo lo que nosotros necesitamos y debemos pedir cada día. ¡Es hermosa! y debemos meditarla con frecuencia, además de rezarla con mucha devoción, respeto y admiración.

Pero en este domingo el Señor quiere que nos fijemos, como he dicho antes, en la necesidad de orar con constancia y con perseverancia: por ello, propone la comparación del amigo inoportuno que acude a pedirle a otro amigo suyo tres panes para poder atender a una visita que se ha presentado. A pesar de la dificultad y de la primera respuesta negativa, insiste el amigo y el otro se levanta y se lo da. Así debemos ser nosotros, dice Jesús: inoportunos con nuestra oración, con nuestra súplica, con nuestra intercesión…; insistir, porque nuestra insistencia es señal de que esperamos y sabemos que el Señor tiene aquello que le pedimos, y que nos lo va a dar porque nos ama.

Por otro lado, no olvidemos también esa enseñanza de Jesús: “si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos…”. Somos malos y necesitamos siempre la misericordia del Señor. Pues, si nosotros, que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos ¡cuánto más el Padre del cielo nos dará el Espíritu Santo, si se lo pedimos con perseverancia, con confianza.

El don del Espíritu Santo es lo más importante, por encima de cualquier otra necesidad material; es el amor de Dios derramado en nuestros corazones, es el alma de la Iglesia desde Pentecostés, es el alma de nuestra alma, el motor de nuestra nueva vida en Cristo. Es el que nos mueve a orar, a llamar a Dios “Abbá” (Papá), y a reconocer a Jesús como el Salvador y Señor de nuestra vida; él nos empuja a reconocer y amar a Jesús en el prójimo y a dar testimonio. Supliquemos con perseverancia el Espíritu Santo.

Hoy, 24 de julio, acudimos con toda confianza al santo del día, San Francisco Solano, misionero franciscano, que predicó en Cuba, Panamá, Perú, Bolivia, Chile y Argentina; y destacó por su admirable alegría y celo apostólico.

Concluimos nuestra meditación, dirigiéndonos a Jesús: Señor, enséñanos a orar. Haz que recemos el padrenuestro cada día con mayor fervor y devoción, experimentando el amor providente del Padre celestial, y la seguridad de que siempre que le pedimos, somos escuchados y atendidos con infinita ternura.

Que este domingo, al recibir el santo Sacramento, memorial perpetuo de la pasión de Cristo, el Señor nos conceda que este don que nos entrega con amor inefable, sea provechoso para nuestra salvación. Amén.

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