Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio XIX Tiempo Ordinario, San Lucas 12,32-48.

Muy queridos hijos:

Gracia y Paz de parte de Dios, nuestro Padre y de Jesucristo el Señor.

Nuestro Señor, el día de nuestro bautismo hizo un pacto, una alianza de amor con cada uno de nosotros; realmente se desposó con nosotros, y él ha sido siempre fiel, apoyándonos en todo momento con su gracia y la asistencia constante del Espíritu Santo. Nunca se olvida de sus pobres, siempre se levanta y nos defiende cuando acudimos a él.

En este domingo oramos a nuestro Dios todopoderoso, a quien podemos llamar Padre, para que aumente en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. La herencia prometida es habitar para siempre en la casa del Padre, donde Jesús nos ha preparado una morada, para hacernos compartir su misma gloria, el banquete del reino de los cielos.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta una bella reflexión de la vivencia que tuvieron los hebreos, en el momento de salir de la esclavitud de Egipto. Habían recibido la promesa de ser liberados y se fiaron de la palabra de Dios. Todo aconteció en una noche de vigilia: el pueblo esperaba la salvación de Dios y el castigo de los enemigos. Los hijos piadosos del pueblo elegido mantenían la esperanza y ofrecían sacrificios a Dios. Se impusieron la ley sagrada de ser solidarios en los peligros y en los bienes.

Al igual que los israelitas estuvieron vigilantes, esperando la liberación de la esclavitud de Egipto, así Jesús, en el Evangelio nos exhorta a tener ceñida la cintura y encendida la lámpara, aguardando su venida, para abrirle la puerta apenas venga y llame. El Señor alaba y considera dichosos a los que, al llegar, los encuentre en vela, ya sea entrada la noche o de madrugada. Nos advierte que debemos estar preparados siempre, porque a la hora que menos pensemos, él llegará.

En distintos lugares del Evangelio el Señor nos exhorta a la vigilancia, a la prudencia y a la sensatez en el uso de nuestro tiempo y de nuestra vida. Es un tema muy querido para Jesús, y la razón es muy clara: nos jugamos la salvación eterna. El demonio, que lo sabe, una y otra vez trata de distraernos y de alejarnos de esta realidad, diciéndonos lo del evangelio del domingo pasado: “hombre, túmbate, come, bebe y date buena vida”. O sencillamente no nos deja pensar en ello: “¡a vivir, que son cuatro días!”

No seamos necios, sino administradores fieles y solícitos de la vida que el Señor nos regala. Escuchemos cada día la voz del Señor, y pidámosle su gracia para hacer su voluntad en todo momento. Así seremos dichosos ya desde esta vida, como lo fueron la Santísima Virgen y el mismo Jesucristo. El lema de sus vidas fue “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, y “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”.

No seamos insensatos, pensando que nos queda mucha vida por delante, y dejando para tarde y nunca la determinada determinación de ser santos. Todos sabemos lo que tenemos que hacer, no pongamos excusas ni nos hagamos los distraídos. Podemos evitar ser condenados a la pena de los que no son fieles. Necesitamos pedir la gracia de la perseverancia, la fidelidad y el fervor en nuestra vida. Desde hace muchos años, en unos Ejercicios Espirituales, escuché esta recomendación, y la vengo poniendo en práctica: al rezar el ángelus, en la primera avemaría pido la perseverancia; en la segunda, la fidelidad; y en la tercera, pido el fervor y la devoción.

Como comprenderán, el final del Evangelio me hace reflexionar mucho a mí, que soy sacerdote. El Señor dice “al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá”. Evidentemente, los sacerdotes hemos recibido mucho, y el Señor nos ha puesto como administradores al frente de su servidumbre; nos ha confiado las ovejas de su rebaño. Tenemos, pues, el mayor don y la mayor responsabilidad. El Señor, juez misericordioso, nos pedirá responsabilidades a cada uno, según los dones que él nos otorgó. Oremos mucho los unos por los otros, para que, con nuestra fidelidad, seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

De esta manera, al terminar nuestra peregrinación por este mundo, podremos escuchar de labios de Jesús: “siervo obediente y fiel, pasa al banquete de tu Señor”. Es más, hay una frase en el Evangelio de hoy que sorprende, cuando dice “dichosos los criados, a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; les aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo”. Nos hace recordar la escena tremenda de Jesús lavando los pies a los apóstoles en la última cena.

Esta afirmación está en contraste con la parábola de los siervos que, al volver de su tarea bien cumplida, les dice el amo que primero deben servirlo a él y darle de cenar; y después ya comerán ellos. Entonces, esto quiere decir que la vigilancia y la fidelidad al Señor tienen un premio inmerecido y sobreabundante. ¿Se imaginan ustedes al mismo Jesucristo, en el banquete del reino de los cielos sirviéndonos a la mesa? Pues en este Evangelio parece que nos prepara para esa magnífica sorpresa: el Anfitrión Divino, el Esposo de la Boda, nos servirá los platos de la felicidad eterna.

Por último, a la luz del hermoso texto de la carta a los Hebreos, pidamos al Señor que nos aumente y fortalezca la fe; “la fe, que es seguridad de lo que se espera, y prueba de lo que no se ve”. La lectura nos presenta el testimonio de la fe de Abrahán, Sara, Isaac y Jacob. Todos ellos, puestos a prueba, creyeron en las promesas de Dios y fueron fieles hasta la muerte, esperando contra toda esperanza. Confesaron que eran huéspedes y peregrinos en la tierra; porque ansiaban una patria mejor, la del Cielo.

Que la comunión en tus sacramentos nos salve, Señor, y nos afiance en la luz de tu verdad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

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