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3 Minutos con Jesús en el evangelio de Lucas 18, 9-14

Evangelio de San Lucas 18, 9-14
En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para escucharlo. Por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: «Este recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me toca”. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a padecer necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: “¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores”. Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre les dijo a sus criados: “¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo
hemos encontrado”. Y empezó el banquete. El hijo mayor estaba en el campo y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Tu hermano ha regresado y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo”. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: “¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo”. El padre repuso: “Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Meditación
Durante la Cuaresma se nos insiste en la conversión, en volver a Dios. Pero ¿hacia qué Dios? La parábola conocida como del hijo pródigo o del padre misericordioso nos quiere mostrar el verdadero rostro de Dios. Su redescubrimiento, porque la hemos escuchado y meditado muchas veces, nos vuelve a llenar de alegría. El Señor pronuncia esta parábola cuando se le reprocha que acoja a los pecadores y que coma con ellos. Es como si los fariseos no pudieran creer en un Dios que está dispuesto a acoger a los pecadores. Jesús cuenta una parábola que desactiva cierta idea de conversión que pudiera reducirse a un esfuerzo del hombre por alcanzar la santidad por sí mismo y merecer, por ello, la salvación. Ni el hijo menor, que abandona la casa paterna, no sin antes ofender gravemente a su padre con su exigencia de la herencia, ni el mayor, que parece haberse dado a una vida laboriosa y
abnegada, quizás para subrayar aún más que él es distinto, comprenden quién es su padre. En la actitud del hijo menor que entiende que ha caído en lo más hondo como consecuencia de sus actos, Jesús nos descubre el verdadero rostro de Dios. También este hijo ha de purificar la imagen que tiene de su padre, que espera que le reciba como uno de sus jornaleros. Todo cambia cuando experimenta el perdón y se da cuenta de que este no responde a la frialdad de quien puede otorgarlo sin conmoverse, sino a alguien que ha corrido a su encuentro, lo ha abrazado y cubierto de besos. Al descubrir el corazón del Padre y dejarnos amar por él, aprendemos también a ser
compasivos y misericordiosos como él.

“Alégrate, hijo mío, porque tu hermano estaba muerte, y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”

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