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Comentario del Evangelio de la Solemnidad de todos los santos Mt 5,1-12a

Este año la providencia de Dios se manifiesta en este domingo 1 de noviembre, que coincide con la gran solemnidad de todos los santos. Hoy y mañana celebramos el misterio de la Iglesia Santa como cuerpo vivo de Jesucristo, cuya alma es el Espíritu Santo.

La Santa Iglesia, fundada por Jesucristo sobre Pedro y los apóstoles, es un organismo vivo, un cuerpo, como lo llama San Pablo, que está compuesto por tres grandes grupos o comunidades que se relacionan e interactúan entre sí, por la acción del Espíritu Santo, que es el motor que anima a todos sus miembros. Lo aprendimos todos en el catecismo: Iglesia militante o peregrina, Iglesia purgante e Iglesia triunfante o gloriosa.

Nosotros formamos parte de la Iglesia peregrina, que lucha en este mundo contra sus enemigos y que, asistida por el Espíritu Santo, caminamos hacia el cielo, nuestra patria definitiva. No somos de este mundo, desde el día de nuestro bautismo nuestros nombres están escritos en el cielo, donde Jesús nos ha preparado una morada para disfrutar de la gloria eterna junto a todos los salvados. Mientras peregrinamos, guiados por la fe en esta tierra, nos auxilian y apoyan desde el cielo la comunidad de todos los santos, nuestros hermanos, los mejores miembros de la Iglesia que interceden por nosotros, deseosos de compartir la felicidad de la santísima Trinidad. Ellos son ayuda y ejemplo para nuestra debilidad.

En este día abrimos el corazón y nos apresuramos jubilosos, compartiendo la alegría por la glorificación de los que ya están en el cielo, a los que felicitamos de todo corazón. Como dice la antífona de entrada: “alegrémonos todos en el Señor, al celebrar este día de fiesta en honor de todos los santos. Los ángeles se alegran de esta solemnidad, y alaban a una al hijo de Dios”. Alabamos al hijo de Dios, a Jesucristo, que es la causa principal de la santidad. Los santos son los trofeos de la Iglesia. ¿Quién es Jesucristo, que es capaz de suscitar esta pléyade de hombres y mujeres admirables?

El camino para lograrlo es el mismo Jesucristo, que es también la verdad y la vida. En el Evangelio de hoy, Jesús nos recuerda que la bienaventuranza eterna, es decir, la santidad, se logra viviendo el Espíritu de las bienaventuranzas. Los santos han experimentado la verdad de estas ocho propuestas del Evangelio y ahora gozan del premio prometido. Oremos hoy meditando esta palabra, conversando con Jesús, pidiéndole a la reina de todos los santos, la santísima virgen María, que nos auxilie en todo momento, ahora y en la hora de nuestra muerte. ¡Amén!

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