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Comentario del Evangelio Solemnidad de Cristo Rey del Universo Mt 25,31-46

Concluimos nuestro año litúrgico con esta gran solemnidad, que recapitula todo lo celebrado en los pasados 365 días. Hemos vivido con agradecimiento y alegría en el seno de nuestra Santa madre Iglesia, que nos ha ofrecido en abundancia la palabra y la gracia de Dios. Antes de comenzar el próximo día 29 un nuevo año litúrgico con el tiempo de adviento, el espíritu Santo nos ofrece la contemplación espectacular de la figura de Jesucristo rey y Señor de la historia, juez de vivos y muertos, buen pastor que busca y cuida personalmente a cada una de sus ovejas.

Todavía no ha llegado el fin del mundo, y hasta que llegue, nos asegura la profecía de Ezequiel, que el mismo Dios en persona busca sus ovejas, siguiendo su rastro, para librarnos de los peligros y sacarnos de los lugares donde estábamos dispersados un día de oscuridad y nubarrones. Es precioso este texto, y una vez más nos sorprende el cariño inmenso de este buen pastor, que busca las ovejas perdidas, recoge las descarriadas, venda a las heridas, cura a las enfermas y a las fuertes las guarda y apacienta como es debido.

El salmo de hoy, tan conocido y meditado por nosotros, es eco y respuesta más que nunca a la primera lectura. Jesucristo es mi pastor, nada me falta. Solamente con esta frase tenemos materia abundante para orar y meditar en el amor, ternura y misericordia del Señor. Sí, hermanos, realmente la bondad y la misericordia de nuestro buen pastor nos acompaña todos los días de nuestra vida. Cada día prepara el Señor la mesa de la eucaristía, en la que él mismo es el Cordero inmolado que se nos da como alimento de vida eterna, hasta que habitemos en la casa del Señor por años sin término.

La profecía de Ezequiel terminaba con esta frase: “voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”. Esto mismo dice el Evangelio de hoy: “cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras”. De nuevo nos damos cuenta de que somos unos privilegiados, porque, antes de que llegue el juicio final, el examen final, ya sabemos las preguntas que nos va hacer el divino examinador. Por lo tanto, podemos preparar de la mejor manera este examen, para sacar la mejor nota o calificación. De hecho, el premio y la recompensa de este juicio son hermosos: “vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

De este juicio no se librará nadie, nadie podrá escapar, todos compareceremos de manera presencial ante este tribunal. Da igual haber sido ateo, agnóstico o creyente. Seremos examinados, como dice San Juan de la Cruz: “al atardecer de la vida, seremos examinados del amor”. En ese momento, no valdrán las justificaciones o excusas, y menos todavía cuestionar el juicio: nadie se ríe de Dios. Por ello debemos aprovechar las oportunidades que tengamos en esta vida, para enseñar o recordar a nuestro prójimo, sea quien sea, esta gran verdad.

Los que conocemos y creemos en Jesucristo y su palabra, tenemos la mayor de las ventajas para este examen, para este juicio: sabemos las preguntas y además contamos con la gracia del mismo Jesucristo. El Señor nos enseña y nos asegura que él está presente en cualquier hombre necesitado de misericordia corporal y espiritual. Lo que hacemos a cualquiera, se lo hacemos al mismo Jesús.

Por otro lado, el espíritu Santo constantemente nos ilumina para no olvidarnos de este examen final, y poder aprovechar todas las oportunidades de amar a Jesús en el prójimo. No solamente nos ilumina, sino que también nos impulsa a amar de verdad y con las obras a todo hombre. Si no resistimos al espíritu Santo, ofreceremos nuestro amor en multitud de ocasiones. “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron”.

Jesucristo considera, pues, hermano y se identifica con los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados. Pidamos al Señor que aumente y fortalezca nuestra fe, para verlo y amarlo en el prójimo, incluso en nuestros enemigos.

Contemplamos hoy, por tanto, la figura de este rey del universo, que es el buen pastor y el juez universal. Desde el trono de su gloria se sentará con todos los ángeles para este juicio inapelable. El universo entero le será sometido, toda rodilla se doblará ante él. Lo afirmamos en el credo: “vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. Dice San Pablo que en ese momento el Padre hará de los enemigos de Cristo estrado de sus pies. “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Los condenados “irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.

Todo el universo le será sometido a Jesucristo, Hijo de Dios. Una vez terminado el juicio, el Hijo someterá su reinado al Padre, “a fin de que Dios sea todo en todos”. Será el momento de recibir la felicitación eterna: “vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”.

Con la oración colecta de esta fiesta, pidamos a Dios todopoderoso y eterno, que ha querido recapitular todas las cosas en su Hijo muy amado, rey del universo, que la creación entera, liberada de la esclavitud, sirva a su majestad y lo glorifique sin fin.

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