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3 Minutos con Jesús en el evangelio de San Juan 12,31-36

Evangelio de San Juan 12,31-36
“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. No hagamos ya distinción entre pueblo de la circuncisión y mundo pagano, porque una nueva creación ha empezado. Que la paz y la misericordia acompañen a los que viven según esta regla, que son el Israel de Dios. Por lo demás, que nadie venga a molestarme, pues me basta con llevar en mi cuerpo las señales de Jesús. Hermanos, que la gracia de Cristo Jesús, nuestro Señor, esté con su espíritu. Amén.”

Meditación
«Que Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo». ¿De qué me glorío yo? ¿De mis fotos? ¿De mis viajes y amigos? ¿De mis calificaciones o de que todo me va bien? Hoy es un día para llevar al altar todas nuestras pequeñas cruces y honrarlas como camino de santificación. Porque Dios mismo nos las ha concedido para vivirlas junto con la Pasión de su Hijo.

La cruz da miedo y asusta, es escándalo para los gentiles. Pero nosotros los cristianos encontramos en ella al Salvador. La cruz aceptada y amada es el yugo llevadero y la carga ligera de la que habla el Manso y Humilde de Corazón en el Evangelio. ¿Será que Dios no me ama si encuentro dificultades? A veces lo pensamos así, buscamos una vida fácil, lisa y sin problemas. Pero Jesús nos enseña el verdadero camino. No se trata de una vida fácil, no. Se trata de caminar siguiendo al Manso y Humilde, que carga la cruz con tanto amor sin dudar un instante del amor de su Padre. Pongamos en las manos del Señor todos nuestros sufrimientos. Acerquémonos a su rostro santo para compartir su aire de paz y mansedumbre. Que nos envíe su Espíritu para agradecer y venerar lo que no entendemos, el gran misterio de la Cruz. «Jesús levantado: en la cruz. Pero el núcleo de la profecía es precisamente que Jesús se hizo pecado por nosotros. No ha pecado: se ha hecho pecado. Como dice San Pedro: “Llevó nuestros pecados en su propio cuerpo”. Y cuando miramos el crucifijo, pensamos en el Señor que sufre: todo eso es verdad. Pero nos detenemos antes de llegar al centro de esa verdad: en este momento, Tú pareces el mayor pecador, Tú te has hecho pecado. Ha tomado sobre sí todos nuestros pecados. Pero la verdad que viene de Dios es que Él vino al mundo para tomar nuestros pecados sobre sí mismo hasta el punto de hacerse pecado. Todo pecado. Nuestros pecados están ahí. Debemos acostumbrarnos a mirar el crucifijo bajo esta luz, que es la más verdadera, la luz de la redención.

“Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor. Aleluya”

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