Seminario

El amor conyugal

Según la Humanae Vitae, la verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando este es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra”.

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor.  Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.

Sus Características

Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.

  • Amor plenamente humano, es decir sensible y espiritual al mismo tiempo.  No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento, sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
  • Amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas.  Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama solo por lo que de él recibe, sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.
  • Amor fiel y exclusivo hasta la muerte.  Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial.  Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.  El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no solo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.
  • Amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos, sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole.  Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres.

En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia. De ahí que el acto civil no puede ser considerado sacramento, sino tan solo contrato; y que la potestad civil, como no tiene el poder de unir a un bautizado en matrimonio, tampoco tiene el poder de disolverlo; y que el cónyuge que, abusando de una tal sentencia, se atreviera a unirse con otra persona, sería en verdad un adúltero: como también sería un verdadero concubino quien presumiera de permanecer en el matrimonio civil; y que ambos no son dignos de la absolución hasta que no se sometan a las prescripciones de la Iglesia y se conviertan a la penitencia. Sin embargo, por el bien de los hijos, se permite, después de haber contraído legítimo matrimonio en la Iglesia, presentarse a cumplir el acto impuesto por la ley, pero con la intención de no hacer otra cosa que ejecutar una ceremonia civil (ASS 1 (1865/1866) 509-511).

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