Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio XIV Tiempo Ordinario, San Lucas 10,1-12.17-20.

Muy queridos hijos:

Que la gracia y la misericordia de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con ustedes.

En este domingo, 3 de julio, acudimos con alegría y confianza a la intercesión del apóstol Santo Tomás, aquel al que todos recordamos por ser el más desconfiado; él fue el que necesitó tocar las llagas gloriosas del cuerpo de Jesús resucitado, para comprobar que era el mismo que había sido crucificado. También fue este apóstol el que, postrado a los pies de Cristo, lo proclamó su Señor y su Dios: “Señor mío y Dios mío”.

Cada domingo meditamos la misericordia de nuestro Dios, manifestada en la resurrección de Jesucristo. Por ello lo alabamos, porque su diestra está llena de justicia. Siempre nos acogemos a la justicia divina que nos sorprende, porque el Padre en la humillación de su Hijo, levantó a la humanidad caída. Fuimos liberados de la esclavitud del pecado, pero ¡a qué precio! Pedimos a nuestro Padre una santa alegría en este mundo y también el gozo eterno.

La primera lectura del profeta Isaías es un cántico de alabanza y de alegría por Jerusalén. Se nos invita a festejar a Jerusalén y a gozar con ella, porque los que estuvimos de luto por la muerte de Jesús, ahora nos saciamos de los consuelos divinos. En Jerusalén padeció, murió y resucitó nuestro Salvador. Nuestro corazón se alegra cada domingo, con la alegría del Espíritu Santo, recordando y reviviendo el triunfo de nuestro Señor. Experimentamos una alegría que nadie nos puede arrebatar.

Esta alegría por Jerusalén es también alegría por la Iglesia, que es nuestra madre, donde somos alimentados y consolidados con la vida divina. Nos acaricia el Señor en su Iglesia con la ternura de su gracia, del amor de su Corazón, de los dones del Espíritu Santo. También nos alegramos por la multitud de santos, los mejores hijos de la Iglesia, que no sólo son modelo para nuestra vida, sino también apoyo y estímulo para que avancemos en el camino de la santidad.

Nos unimos a los sentimientos del salmo responsorial y aclamamos al Señor, cantando himnos a su gloria porque sus obras son admirables; es admirable porque nos creó, y más aún porque nos redimió con su Sangre preciosa. Por ello, nos postramos ante el Redentor del hombre, y lo adoramos por sus obras, por sus temibles proezas, entre las que destaca su triunfante resurrección. Nos alegramos en él y lo tememos. Bendecimos siempre a nuestro Dios, que no rechaza nuestras súplicas, y jamás nos retira su favor.

El tema central de la liturgia de este domingo es la universalidad de la salvación de Cristo y de la Misión de la Iglesia. Esto significa que el Señor ha venido a salvar a todos los hombres, y que la Iglesia debe continuar esa misión de ofrecer y entregar la salvación, hasta los confines de la tierra. La profecía de la primera lectura habla de que, a Jerusalén, es decir, a la Iglesia llegarán de todas las naciones, y encontrarán en ella la paz y la vida.

El Evangelio de hoy, como todos, es muy hermoso. Pero les tengo que confesar que siempre me da envidia cuando leo que el Señor designó otros 72 discípulos, a los que mandó delante de él, de dos en dos, a la misión que les encomendaba. Me da envidia porque la verdad es que hoy día no creo que sea tan fácil encontrar, ni siquiera en una diócesis, 72 laicos dispuestos a misionar y evangelizar. Sí, hay muchos grupos y movimientos en la Iglesia, pero muy pocos dedicados a la evangelización directa.

Como dice el Señor, la mies es abundante y los obreros pocos. La mies es abundante, y siempre será así, pero también ocurre muy frecuentemente que los obreros, pocos o muchos, no van a evangelizar. Estamos muy cómodos, con una fe que no nos mueve a preocuparnos por la salvación de los hombres. Y el que no se preocupa por la salvación de los demás, es que no valora la propia salvación. Jesús nos dice: “¡pónganse en camino!” El Papa Francisco continuamente nos recuerda la necesidad de ser una iglesia “en salida”, es decir, misionera.

El Señor también nos advierte de los peligros y problemas que podemos encontrar; y nos da una serie de recomendaciones prácticas, que debemos tener siempre en cuenta.

Nos envía como corderos en medio de lobos, es decir, debemos estar preparados para el ataque de los enemigos, pero nuestro buen pastor nos protege, si estamos siempre con él. Nos dice que debemos anunciar el Reino de Dios y la paz de Cristo, confiando en que la providencia cuidará de nosotros en todo momento. Vamos enviados en el nombre del Señor; por lo tanto, si alguien nos rechaza, está rechazando al mismo Cristo. Y, aunque se burlen de nosotros o no nos hagan caso, siempre hemos de decirles que el reino de Dios ha llegado.

Enviados por Cristo y con Cristo, hasta los demonios se nos someterán en su nombre. Si evangelizamos, experimentaremos la alegría de la presencia del Señor en nuestros corazones, y muchas veces el fruto de verdaderas conversiones. Pero también Jesús nos asegura que debemos estar alegres porque nuestros nombres están inscritos en el cielo.

Pongámonos en camino, vayamos a nuestros sacerdotes, para ofrecerles nuestra colaboración en la misión de la Iglesia. Hay mucho que hacer, la mies es abundante. No nos olvidemos de orar al Padre de la mies, para que mande más obreros, y para que los obreros trabajemos de verdad, con entusiasmo y alegría, con el fuego del Espíritu Santo.

Que la paz y la misericordia de Dios, vengan sobre nosotros. Que la paz de Cristo reine en nuestros corazones. Que la palabra de Cristo habite nosotros en toda su riqueza. Amén.

#PalabraDelSeñor

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