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Comentario del Evangelio II Domingo de Tiempo Ordinario, Juan 2,1-12

Que la gracia y la misericordia del Señor estén con todos ustedes.

Hasta el día 2 de marzo comenzamos unas semanas de tiempo ordinario, en las que vamos a estar al lado de nuestro amado maestro Jesucristo en su vida pública. Queremos estar con él y no perdernos nada de lo que dice y hace, porque somos sus discípulos y sabemos que nos llama a seguirlo, para enviarnos a anunciar la buena noticia de su salvación.

El momento más importante de nuestra semana es, sin duda, la Eucaristía del domingo, por ello nos organizamos muy bien para prepararla con todo esmero y cariño. Siempre leemos y meditamos los textos de la palabra de Dios, para que, al escucharlos en la Misa la fuerza del Espíritu Santo penetre hasta lo más profundo de nuestro corazón.

El Señor nos ama mucho, más que nadie, y quiere que vivamos de su amor. A través del profeta Isaías, nos dice una serie de hermosos piropos y nos asegura que está siempre con nosotros. Igual que el pasado domingo el Padre celestial decía que Jesús era su hijo amado, su predilecto, hoy nos dice que él nos prefiere a nosotros y también nos llama sus predilectos. Usa una serie de comparaciones del amor entre un hombre y una mujer, para declararse: “a ti te llamarán mi predilecta, desposada, porque el Señor te prefiere a ti y contigo se casa. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo”.

Es bastante frecuente en la palabra de Dios esta imagen del amor de los esposos para presentarnos el amor de Dios. Él quiere unirnos en alianza eterna y tener con cada uno de nosotros la intimidad más profunda. Él es siempre fiel a esta alianza, a pesar de nuestras infidelidades. Su amor y su misericordia son eternos. Dios es amor.

En la Iglesia no hay solteros, porque el día de nuestro bautismo Jesús se desposó para siempre con nosotros. La vestidura blanca del bautismo, es vestidura nupcial, es decir, de bodas. De hecho, el cielo será el banquete eterno en las bodas de Cristo con la humanidad salvada. Por ello, nosotros en este domingo cantamos al Señor un cántico nuevo y bendecimos su nombre. Queremos contar las maravillas del Señor a todos los que no las conocen. El evangelio de las bodas de Caná nos anuncia que Jesús es el Esposo.

Cada día proclamamos, con nuestra vida, la victoria de Jesús resucitado. Aclamamos la gloria y el poder del Señor, aclamamos la gloria de su nombre. Nos postramos ante el Señor en su presencia, y lo adoramos con toda reverencia, porque él es nuestro rey y nos gobierna rectamente.

Desde el día de nuestro bautismo pertenecemos a la santa Iglesia de Cristo, que tiene como alma al mismo Espíritu Santo, que reparte sus dones y carismas según su voluntad, para que los pongamos al servicio del Cuerpo místico de Cristo. San Pablo nos recuerda esta maravilla en la segunda lectura de la primera carta a los corintios. Por esto es tan importante que vivamos unidos dentro de la Iglesia, y que pongamos al servicio del bien común las gracias recibidas del Espíritu Santo. Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor Jesucristo, un mismo Padre celestial y un mismo Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones. Este Espíritu de caridad se derrama en nosotros, para hacernos vivir concordes, es decir, con un mismo corazón.

Nosotros hemos conocido este misterio de la Iglesia por la predicación del Evangelio. Por medio del Evangelio Jesucristo nos ha llamado, para conocerlo, amarlo y seguirlo. El mismo Jesús quiere compartir con nosotros su propia gloria de Hijo amado del Padre eterno.

Con estas palabras termina el Evangelio de hoy: “así manifestó Jesús su gloria y sus discípulos creyeron en él”. Efectivamente, el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná sirvió, no solamente para alegrar a los esposos con el nuevo vino, sino también para que nos demos cuenta de que la santísima Virgen tiene todo el poder de intercesión delante de su hijo. María es capaz de adelantar la hora del Señor con sus ruegos. Ella se da perfectamente cuenta de cuánto nos falta el vino en nuestras vidas, y siempre acude a Jesús.

¡Qué importante es que invitemos a la Virgen para que participe en todos los momentos de nuestra vida, si queremos ser auxiliados con su poderosa intercesión! Pero no olvidemos la recomendación que nos da: “hagan lo que mi Hijo les diga”. Aquí está la clave, hermanos. Debemos obedecer a Jesucristo en todo, aunque nos mande o nos prohíba algo que no entendamos, como los sirvientes llenaron las tinajas de agua y sacaron después para llevar al mayordomo del banquete. Él no se equivoca nunca. Y ¿cómo podemos saber lo que Jesús nos manda? Muy fácil: leer con amor cada día su Palabra divina, tal como nos la presenta la Iglesia, en las lecturas de la Santa misa.

Acudimos con toda confianza a nuestro Dios todopoderoso y eterno, que gobierna a un tiempo cielo y tierra, porque sabemos que escucha compasivo la oración de su pueblo. Le pedimos nos conceda su paz en nuestros días, porque tenemos muchas preocupaciones e inquietudes, porque nos falta el vino de su alegría en nuestras vidas. El Señor prepara la mesa de la eucaristía para que participemos con gozo espiritual. Nosotros conocemos y creemos en el amor de Dios.

Bendiciones del Señor.

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