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Comentario del Evangelio del XXV Domingo del Tiempo Ordinario Marcos 9,30-37

Suscríbete a nuestro canal 👉 http://bit.ly/SuscribeteSanGabriel El Padre José Joaquín comparte con nosotros el #EvangelioDeHoy​​​​ Domingo 19 de Setiembre 2021, Evangelio según San Marcos 9,30-37 Conéctate con la #LectioDivina​​​​ 📖 https://bit.ly/ComentarioDelEvangelio

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con ustedes.

Nuestro Dios nos llama por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo. El Señor es la salvación de su pueblo; cuando lo llamamos desde el peligro, él nos escucha, y siempre es nuestro Señor. Él acepta propicio las ofrendas que le hacemos, y nosotros alcanzamos en el sacramento eucarístico los bienes en que creemos por la fe. Ojalá estén firmes nuestros caminos para cumplir siempre la voluntad de Dios.

El pasado domingo dejamos a Jesús y a los apóstoles en una situación muy tensa: recordamos que el Señor los instruyó anunciándoles su Pascua, es decir, su pasión muerte y resurrección. Se lo explicaba con toda claridad y Pedro quiso impedirlo, pero Jesús lo increpó porque pensaba como los hombres, no como Dios. Y a continuación terminó explicándoles las condiciones para ser su discípulo: negarse a sí mismo, cargar con la cruz y seguirlo, dispuestos a perder la vida por Cristo y por el Evangelio.

Pues bien, hermanos, en este domingo aparece Jesús instruyendo a sus discípulos. Continúa explicando que él va a ser entregado en manos de los hombres, que lo van a matar, y a los tres días resucitará. Es tan importante esta enseñanza, que no quería que nadie se enterase más que sus discípulos a solas. Pero ellos no entendían lo que Jesús les explicaba, y, después de la reprensión a San Pedro, estaban escarmentados y les daba miedo preguntarle. Escucharon en silencio, sin comentar nada.

Pero lo más sorprendente es que, después de escuchar a Jesús y antes de llegar a la casa de Cafarnaúm, se pusieron a discutir entre ellos quién era el más importante de todos. Parece mentira, que después de lo que acaba de enseñarles Jesús, y de la tensión que se había producido, se desubicaran de ese modo. Estas reacciones de los apóstoles son una prueba de que los evangelios son históricos y cuentan la verdad de lo que aconteció, porque ellos quedan muy mal.

Jesús, que sabe muy bien la conversación que traían, les pregunta: ¿de qué discutían por el camino? Ellos, abochornados, no contestan, pero tampoco piden perdón. Insisto, hermanos, estas debilidades y pecados de los apóstoles también reflejan las actitudes de nuestros corazones, que tantas veces pensamos y actuamos en contra del Evangelio y de la voluntad de Dios.

Una vez más, nos sorprende la paciencia de Jesús. Dice el texto que el Señor se sentó y llamó a los doce para explicarles, de verdad, quién es el más importante entre sus discípulos. En esta ocasión lo hace acercando a un niño, a quien abraza con cariño. ¡Qué ternura tiene el corazón de Jesús! ¡Cómo quisiéramos ser abrazados así por Jesús!

Mientras tenía este niño entre sus brazos, mira a los apóstoles y les dice: “quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al Padre que me ha enviado”. En distintas ocasiones el Señor insiste en que él ha venido no a ser servido, sino a servir y a dar su vida por la multitud. Recordamos todos la escena del lavatorio de los pies durante la última cena: Jesús da testimonio de que, si él, siendo el maestro y el Señor, les ha lavado los pies a sus apóstoles, también ellos tienen que lavarse los pies unos a los otros.

Todos también recordamos la ocasión en la que el Señor, abrazando a un niño, asegura que “si no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. El apóstol San Pablo en distintos lugares de sus cartas nos presenta a Jesucristo como aquel que, siendo de condición divina, se rebajó hasta hacerse un hombre cualquiera, y se humilló hasta la muerte de Cruz.

Hemos visto a los apóstoles discutiendo por el camino quién era más importante. En otra ocasión los hijos de Zebedeo con su madre, le pidieron ocupar los lugares a derecha e izquierda del trono de Cristo. Los otros 10 apóstoles se indignaron contra los dos hermanos y estuvieron a punto de pelearse. El Señor aprovecha la ocasión para insistir en esta misma realidad: el que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos.

El apóstol Santiago en la segunda lectura insiste: “donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males.” Continúa más adelante: “¿de dónde proceden las guerras y las contiendas entre ustedes? ¿No es acaso de sus pasiones, que luchan en sus miembros? Codician y no tienen; matan, arden en envidia y no alcanzan nada; se combaten y se hacen la guerra”. ¡Madre mía, qué fuerte habla el apóstol!

Por si fuera poco, termina este pasaje diciendo: “piden y no reciben, porque piden mal, para la satisfacción a sus pasiones.” Meditemos, hermanos, esta palabra viva del Señor, que nos advierte de tantos peligros para nuestra vida personal y para nuestra relación con los demás. Supliquemos la sabiduría que viene de arriba, que es ante todo pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera. Nos asegura el apóstol que “los que procuran la paz, están sembrando la paz, y su fruto es la justicia”.

Apoyados en el salmo responsorial, acudamos al Señor para que nos salve, para que salga por nosotros con su poder. Que escuche nuestra súplica y atienda a nuestras palabras, porque la insolencia se alza contra nosotros, la violencia nos persigue a muerte, sin tener presente a Dios. Pero Dios es nuestro auxilio, el Señor sostiene nuestra vida. Él nos auxilia y nos libra del poder de nuestros enemigos. Por ello, hoy le ofrecemos la Eucaristía como sacrificio voluntario, dando gracias a su nombre, que es bueno.

Santa Misa de hoy: 👉 http://bit.ly/SantaMisaSanGabriel

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