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Comentario del Evangelio del IV Domingo de Pascua, Juan 21,1-19

Muy queridos hijos:

Que la misericordia y la alegría de Jesucristo, nuestro Buen Pastor, estén siempre con todos ustedes.

Antes de que se me olvide, quiero mandar el más cariñoso y cordial abrazo cristiano a nuestros queridos hermanos de la Argentina, que hoy celebran a su Santa Patrona: Nuestra Señora de Luján. Los encomendamos a la santísima Virgen en la Eucaristía de este día 8 de mayo. Estamos en el mes de María, a la que también se la invoca como la Divina Pastora.

Cuarto domingo de Pascua, domingo del buen pastor, de nuestro Buen Pastor resucitado, que nos guía a la felicidad eterna, donde nos ha preparado las verdes praderas del reino de los cielos. Él nos guía durante esta vida con su cuidado amoroso, lleno de poder y de gracia. La ternura de su corazón, hacia cada uno de los que somos ovejas de su rebaño, es lo que nos hace vivir con sosiego y con paz.

En este domingo, nos unimos a toda la Iglesia Católica, en la JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES. El débil rebaño de Cristo necesita muchos, santos, fuertes, humildes y fieles pastores que, en el nombre de Jesús y dejándose mover por el Espíritu Santo, apacienten debidamente las ovejas que son propiedad del mismo Jesucristo. Él ha entregado su vida por cada uno de los que creen en él. El precio sido su sangre divina. No hemos sido rescatados de las garras y los dientes del lobo de una manera violenta, sino con la humildad y obediencia del Cordero degollado.

El pasado domingo, escuchábamos la conversación de Jesús con San Pedro, en la que el Señor le encomendaba sus ovejas y corderos. Nos dimos cuenta de que el fundamento del cuidado del rebaño de Cristo, era el amor de Pedro a Jesús. ¿Me amas, Pedro? Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Entonces, pastorea y apacienta mi rebaño.

¡Que felicidad tan grande es pertenecer a Jesucristo, el Buen Pastor! En el salmo lo repetimos: “nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño”. Por ello, aclamamos al Señor y lo servimos con alegría, porque somos suyos, porque él es bueno, porque su misericordia es eterna, porque su fidelidad dura por siempre.

Como nos asegura San Juan, en la lectura del Apocalipsis, el Cielo está lleno de hombres de toda raza, lengua y nación, que glorifican al Cordero y le dan culto delante de su trono por toda la eternidad. Este Cordero es a la vez el Pastor que apacienta y conduce hacia fuentes de aguas vivas a todos los que lo siguen. En esa patria definitiva Dios enjuga las lágrimas de todos los bienaventurados.

Contemplamos a nuestro Buen Pastor resucitado. Él nos conoce a cada uno por nuestro propio nombre, sin confundirse, somos únicos e irrepetibles para él. Su conocimiento es a la vez amor personalizado. Pero también nosotros conocemos a Jesús, lo amamos, lo obedecemos y lo seguimos con la más absoluta confianza, nos abandonamos en su Sagrado Corazón.

En el Evangelio el Señor nos lo dice bien claro: “mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano”. Esto quiere decir que, no basta estar bautizado ni participar en Misa los domingos, para ser oveja del Buen Pastor… necesitamos conocer a Jesús, escuchar su voz y seguirlo con fidelidad. Esta es la razón por la que insistimos tanto en la necesidad del encuentro personal con Cristo en la oración y en la meditación de su Palabra. Si no escuchamos su voz, cada día, con el mayor interés, tampoco avanzaremos en el conocimiento de Jesús. Y menos aún lo amaremos con un amor que colme plenamente las aspiraciones y anhelos de nuestro corazón. A Jesucristo es imposible conocerlo y no amarlo; amarlo y no seguirlo.

Ha sido el Padre celestial, quien ha dado a Jesús el rebaño de la Iglesia. Ningún poder puede arrebatar nada de la mano del Padre de Jesucristo. Vivimos bajo el poder y el amor de Dios. Esta es la Iglesia Santa en la que somos atendidos por aquellos que hacen presente el pastoreo de Jesús: el Papa, los obispos y los sacerdotes. Por ello, hoy especialmente oramos para que tengamos más y más santos sacerdotes.

Como rezamos antes de comulgar, Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que tiene piedad de nosotros y que nos da la paz. Somos dichosos porque él nos invita a su cena, al banquete del reino de los cielos. Realmente, hermanos, es un misterio: Jesús es a la vez el Cordero inocente que se entregó por nosotros, y el único buen Pastor que conoce a cada una de sus ovejas por su nombre y da su vida por ellas.

Como dice la antífona de comunión de esta Misa: “ha resucitado el buen pastor, que dio la vida por sus ovejas y se dignó morir por su rebaño. Aleluya”. Nos confiamos a Jesucristo, que vela compasivo sobre los que somos su grey. Nos ama apasionadamente. Le pedimos que nos conduzca a los pastos eternos, porque nos ha redimido con su sangre preciosa.

Con el salmo 22 recemos: el Señor es mi pastor, mi buen pastor, mi amado pastor. Nada me falta, nada me puede faltar. Aunque camine por cañadas o quebradas oscuras, nada temo, porque Tú, Jesús, vienes conmigo. Tú me preparas la Mesa de la Eucaristía y me unges con tu óleo sagrado en tus sacramentos. Tu bondad y tu misericordia me acompañan cada día. Si me enfermo, me extravío o me pierdo, búscame, señor. Te prometo dejarme curar, no ser rebelde y dejarme conducir de nuevo al tu redil.

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