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Comentario del Evangelio del Domingo de Pascua Lc 24,35-48

¡Que la gracia, la paz y la alegría de Jesucristo resucitado estén siempre con ustedes!

Aclamamos al Señor y cantamos himnos a su gloria, aleluya, por su victoria y por su gloria. Nosotros, que somos su pueblo, exultamos siempre al vernos renovados y rejuvenecidos en el Espíritu; nos alegramos por haber recobrado, gracias a la resurrección de Jesús, la gloria de ser hijos de Dios, y ansiamos el día de la resurrección con la esperanza cierta de la felicidad eterna.

Así es, hermanos, la victoria de Jesús sobre la muerte, el demonio y el pecado, nos hacen mirar a nuestros enemigos con la convicción que manifiestan los apóstoles cuando predican, dan testimonio e incluso sufren ultrajes por el nombre de Cristo. ¡Cuánto han cambiado, gracias a la maravillosa experiencia de haber visto a Jesús resucitado, y de haber recibido la plenitud del Espíritu Santo en Pentecostés! Así debemos estar nosotros también, porque, como ellos, hemos recibido en el bautismo la gracia de la resurrección y el nacimiento a una nueva vida, según el Espíritu de Jesús.

Los hijos de Dios vivimos ansiando y esperando con toda certeza la felicidad eterna, y por ello caminamos por este mundo, aún en medio de sufrimientos, con la paz y el gozo espiritual que nos da nuestra fe, bajo la acción constante del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones y nos mueve a esperar el cumplimiento de las promesas del Señor. Este mismo Espíritu nos impulsa cada día a vivir en el amor cristiano, olvidándonos de nosotros mismos, y entregando nuestra vida con la mayor generosidad. Este es el testimonio constante que nos dan los cristianos de la primitiva comunidad después de Pentecostés.

San Pedro y los apóstoles predican con valentía, sin ningún temor a la persecución y a morir por Cristo. Es más, se alegran de padecer por el nombre de Jesús. Dan testimonio constante de la resurrección de Jesús y denuncian el inmenso pecado de haberlo entregado y de haber renegado del Santo y del Justo, de haber matado al Autor de la vida. Sin embargo, los exhortan a la conversión y al arrepentimiento de sus pecados, ofreciéndoles la salvación de Jesucristo. Es más, les explican que su terrible pecado lo cometieron por ignorancia, al igual que las autoridades, pero de esta manera, Dios cumplió lo que había predicho por los profetas, que el Mesías tenía que padecer, morir y resucitar al tercer día. En sus apariciones de resucitado Jesús les explica con todo detalle las profecías que se referían a él. Nosotros también, como dice la antífona del aleluya y el evangelio, pedimos al Señor Jesús que nos abra el entendimiento para comprender las Escrituras, que haga arder nuestros corazones mientras nos habla en el camino de la vida.

Vivimos en agradecimiento constante a la Providencia del Señor, porque tiene piedad de nosotros y escucha nuestras oraciones, él hace brillar sobre nosotros la luz de su rostro glorioso, y nos manifiesta constantemente este milagro que ha hecho en nuestro favor. Su triunfante resurrección nos hace acostarnos en paz y dormirnos enseguida, porque sólo el Señor nos hace vivir tranquilos. Todo esto es muy hermoso, hermanos.

La palabra de Dios nos exhorta siempre a no pecar, a guardar sus mandamientos, así la verdad está en nosotros, y el amor de Dios llega en nosotros a su plenitud. No seamos mentirosos, hermanos, como nos recuerda hoy San Juan: si conocemos al Señor, debemos guardar siempre sus mandamientos. Pero, como pecamos a pesar de nuestros buenos propósitos, Jesucristo, el Justo, aboga e intercede ante el Padre por nosotros. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados y por los del mundo entero. Él vive para siempre a la derecha del Padre, apoyándonos para obtener la misericordia que necesitamos.

¡Cuánto disfrutamos, hermanos, con las apariciones de Jesús resucitado! ¡Cuánto aprendemos de estas experiencias maravillosas que tuvieron los apóstoles! La que nos presenta en este domingo San Lucas es muy hermosa. Jesús nos saluda y nos comunica su paz, a los que estamos aterrorizados y llenos de miedo por la situación que nos toca vivir. El mismo Señor nos pregunta porque nos alarmamos y por qué surgen dudas en nuestro corazón, si él está vivo para siempre, no es un fantasma, no es un espíritu. Nos ofrece su cuerpo glorioso para que lo palpemos y comprobemos que tiene carne y huesos. Nos muestra sus manos y sus pies con las llagas gloriosas de los clavos de la cruz y come delante de nosotros un trozo de pez asado.

Nos quedamos en silencio, llenos de consolación espiritual, pero el Señor nos recuerda que debemos ser testigos de su resurrección, proclamando la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, a todas las personas que se cruzan en nuestro camino. El Espíritu Santo, al igual que los apóstoles en la primera lectura, nos mueve a dar este testimonio. Esta es la buena noticia que están necesitando y esperando, aunque no lo sepan, todos los hombres que conviven en nuestro mundo.

Escuchamos cada día, a todas horas, muy malas noticias, y corremos el peligro de dejarnos invadir por el pesimismo, la amargura y la desesperanza. Nosotros, hermanos, hemos resucitado con Cristo y hemos de vivir con él como ciudadanos del cielo, aspirando a los bienes de allá arriba, donde está nuestro tesoro.

Como dice un precioso canto pascual “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, él es nuestra salvación, nuestra vida para siempre. Si con el morimos, viviremos con él; si con el sufrimos, reinaremos con él”. Tenemos motivos para exultar de tanto gozo pascual por Jesucristo, y Él nos concede disfrutar de la alegría eterna, llegando a la incorruptible resurrección de nuestra carne que habrá de ser glorificada.

¡AMÉN, ALELUYA!

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