Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio de Pentecostés, San Juan 14,15-16.23b-26.

Muy queridos hijos:

Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo, estén siempre con todos ustedes.

Como dice San Pablo, “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que habita en nosotros”. Dios es Amor porque es familia de Amor, porque el Padre, por amor, engendra al Hijo eternamente; y el Padre y el Hijo se aman eternamente, espirando al Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, y que es el Amor personal entre ambos. Continuamente volvemos al misterio de la santísima Trinidad, que celebraremos el próximo domingo.

Concluimos, con esta solemnidad de Pentecostés, este maravilloso tiempo en el que hemos disfrutado primero de la experiencia de Cristo resucitado; y luego de los momentos de mayor intimidad con sus discípulos, siguiendo el Evangelio de San Juan y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Cristo nos ha abierto las puertas de su Sagrado Corazón, en cuyo mes de junio estamos, y cuya solemnidad celebraremos también muy pronto.

Al meditar en la primera lectura, cada día de Pascua, los Hechos del Espíritu Santo desde el día de Pentecostés, ha ido creciendo nuestra hambre y nuestra sed, nuestra urgente necesidad de recibir la efusión del Consolador, del nuevo Abogado, que el Padre nos envía hoy, en el nombre de su Hijo Jesucristo. Hemos comprobado que el Espíritu Santo hizo nacer la Iglesia universal, es decir, católica, y la primera evangelización, desde Jerusalén, Judea y Samaria, y luego por todo el mundo conocido, hasta los confines de la tierra.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles hemos aprendido a conocer al Espíritu Santo, y su manera de iluminar y fortalecer a la Iglesia y a los discípulos. Él es el motor y el alma de la Iglesia y de cada cristiano. Unas veces mueve a dar testimonio de Cristo, incluso hasta la muerte; otras veces libra de peligros inminentes; en otras ocasiones, inspira nuevas misiones; otras, impide entrar en algunos lugares; siempre manifiesta que es el Espíritu del Padre y de Jesucristo, obrando constantemente la unidad y la paz de los creyentes, haciendo que puedan superar todas las tensiones y dificultades.

Por eso, al llegar a término los 50 días pascuales, estamos motivados y abiertos para recibir con la mayor efusión al Santo Paráclito. Los pueblos dispersos en la diversidad de lenguas se congregan, por los dones del Cielo, en la única confesión del nombre del único Dios. De esta manera, brilla sobre nosotros el resplandor de la gloria divina, y su luz fortalece, con la iluminación del Espíritu Santo, los corazones de los renacidos por su gracia.

Hoy el Padre celestial, por Jesucristo, envía su Espíritu para repoblar y renovar la faz de la tierra, para renovar los corazones que se abren para recibir el Don de Dios. Nosotros somos los que hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Por ello, bendecimos al Señor y proclamamos su grandeza, su belleza y su majestad. La obra más grande de nuestro Dios ha sido darnos a conocer el misterio escondido: nos ha enviado a su propio y único Hijo y ha derramado en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que nos hace clamar “Abba”, es decir, papá, porque somos realmente hijos amados de Dios. Poseemos las primicias del Espíritu, y gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo y la plenitud de la filiación divina.

Esta es nuestra esperanza, y aguardamos con perseverancia el regalo de la gloria eterna. Mientras tanto, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad y nos enseña a orar como conviene; es más, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, intercede por los santos, es decir, por nosotros, según Dios. Él mora en nosotros y ora en nosotros. El Espíritu llena nuestros corazones y enciende en ellos la llama de su amor. No nos cansemos, hermanos, de contemplar esta grandeza.

Jesucristo glorificado, desde la derecha del Padre, nos envía el Espíritu Santo. Estando todavía en Jerusalén, antes de su Pascua, había gritado: “el que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva”. Dijo esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. Nosotros somos los que tenemos sed, y por ello acudimos a Jesús, para que nos dé de beber el agua del Espíritu, de tal manera que, como dijo a la samaritana, nuestros corazones se convierten en un manantial de agua viva, que salta hasta la vida eterna. Estamos llamados a hacer brillar en todo el mundo la verdad de este misterio de la salvación.

En verdad, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y los creyentes nos unimos a los coros celestiales de ángeles y arcángeles, para cantar sin cesar el himno de la gloria de Dios: Santo, Santo, Santo. Hosanna en el cielo. Aleluya.

Suplicamos a nuestro Padre Dios que, por el misterio de esta fiesta, santifique a su Iglesia en medio de las naciones y derrame los dones de su Espíritu sobre todos los confines de la tierra. Hoy es Pentecostés, y hoy esperamos, con toda esperanza, que el Padre está realizando, en el corazón de los que somos sus fieles, aquellas maravillas que se dignó a hacer en los comienzos de la predicación evangélica.

Cristo, desde el Padre, nos envía el Espíritu Santo, para que proclamemos las grandezas de su salvación, y ofrezcamos a todo hombre la vida nueva de hijos amados de Dios, redimidos por la sangre de Jesucristo, crucificado y resucitado. Esta es la buena noticia que colma de sentido y de alegría nuestras vidas, y que los demás están necesitando que se lo anunciemos y entreguemos. Nosotros no estamos en la carne sino en el Espíritu, que habita en nosotros. Somos de Cristo, porque poseemos su Espíritu. Nuestro cuerpo mortal será vivificado, resucitado y glorificado por el Espíritu que habita en nosotros. No podemos vivir carnalmente. Hemos de dejarnos llevar por el Espíritu de Dios, para ser realmente hijos de Dios. De este modo, somos coherederos con Cristo de la felicidad eterna.

Los que oramos con la Liturgia de las Horas, hemos rezado como himno de vísperas desde la Ascensión, la secuencia de Pentecostés, que hoy se proclama solemne antes del Aleluya y el Evangelio. Por favor, no dejemos de rezarla, no solamente hoy, sino muchos días del año, si es que queremos ser asistidos por la Fuerza más poderosa y amorosa que existe. Estoy convencido, cada día más, de que lo que más necesita el mundo es precisamente el Espíritu Santo y sus dones.

¿Quién no necesita consuelo, descanso, aliento, gozo, salud, pureza, paz, bondad, gracia y salvación? Hemos estado en oración con María desde el día de la Ascensión, y, gracias a ella, hoy recibimos el Regalo prometido por su Hijo Jesucristo. Sigamos unidos a nuestra Madre, para que, cada día, nos atraiga el Santo Espíritu. Mañana, lunes después de Pentecostés, celebraremos la memoria obligatoria de Santa María, Madre de la Iglesia.

¡Qué hermosa es nuestra fe! ¡Ven, Espíritu divino, y llénanos con tu poder, para que proclamemos las grandezas de la Redención!

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