Comentario del Evangelio

Comentario del Evangelio Corpus Christi, San Lucas 9,11b-17.

Muy queridos Hijos:

Que el amor y la gracia de Jesucristo, verdadero Pan del cielo, estén siempre con ustedes.

Domingo 19 de junio de 2022: solemnidad del santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo. Quizá sea la celebración más católica de todo el año, porque manifiesta nuestra fe en la presencia real y corporal de Jesucristo en la Eucaristía, incluso después de la celebración de la Misa. Creemos en la presencia real y permanente de Jesucristo vivo, bajo las apariencias del pan consagrado. Las hostias no consumidas durante la celebración se reservan en el Sagrario. Esas hostias son el cuerpo, sangre, alma y divinidad de nuestro redentor Jesucristo.

Se guardan en los copones para ser comulgadas en otra ocasión, pero también en las parroquias se consagra una hostia más grande, que se coloca en un viril, para ser expuesta en una custodia, para la adoración solemne del Señor. Seguro que todos conocemos la custodia de nuestra parroquia, porque participamos frecuentemente en la adoración eucarística, donde vemos más de cerca el misterio de esta presencia real y permanente de nuestro Salvador. Él nos aseguró: “yo estoy con ustedes todos los días hasta fin del mundo”, y sin embargo ascendió a la derecha del Padre en la gloria celestial.

Pero sabemos que se quedó también con nosotros en distintas presencias reales; la más importante de las cuales es la eucaristía. Me viene a la mente y al corazón el recuerdo de los números 5 al 8 de la Constitución sobre Sagrada liturgia del concilio Vaticano II: Dios, que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4), “habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros Padres por medio de los profetas” (Hb 1,1), cuando llegó la plenitud de los tiempos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón, como “médico corporal y espiritual”, mediador entre Dios y los hombres. En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación.

Para realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, “ofreciéndose ahora, por ministerio de los sacerdotes, el mismo que entonces se ofreció en la cruz”; sea, sobre todo, bajo las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Realmente, en esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por Él tributa culto al Padre Eterno. Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. Hoy lo repetimos en el salmo: “tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec”.

El jueves de la semana pasada precisamente hemos celebrado la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Al instituir el sacrificio de la eterna alianza, se ofreció Él primero al Padre, como víctima de salvación, y nos mandó perpetuar esta ofrenda en memoria suya. Cada vez que se celebran los sacramentos o rezamos con la liturgia de las Horas, es el mismo Jesucristo quien hora con nosotros al Padre como sacerdote y mediador a la derecha del Padre. Jesús, en la persona del sacerdote, nos entrega su misma vida divina, muy especialmente en la comunión de su Cuerpo y Sangre.

La solemnidad del Corpus Christi nos ofrece la oportunidad de dar testimonio de nuestra fe en la presencia real y permanente de Jesús en la eucaristía. El Señor, oculto en la hostia consagrada, sale a nuestras calles y plazas para irradiarnos su gracia salvadora y para bendecir nuestras vidas, nuestros hogares y nuestros corazones. Desde la custodia santifica a todos los que lo miran, elevado en lo alto. Aprovechemos esta oportunidad para manifestar, delante de todos, sin ninguna vergüenza ni temor ni respeto humano, que creemos firmemente en que ese pedacito de Pan redondo es Dios, es el mismo Jesucristo Salvador. Como dice un conocido himno eucarístico “Dios está aquí, venid, adoradores, adoremos a Cristo redentor”.

No temamos arrodillarnos delante de la Custodia, tributemos a Jesús la misma adoración y gloria que le dan los ángeles y los santos en el cielo. No adoramos a nadie más que a Dios, y esa Hostia blanca es Dios. No nos avergoncemos de manifestar nuestra fe viva. Jesús nos dijo: “el que se avergüence de mí delante de los hombres, también yo me avergonzaré de él delante de mi Padre del cielo”.

La eucaristía es el sacramento admirable en el que Jesucristo nos dejó el memorial de su pasión, en la noche en que iba a ser entregado. Cada vez que comulgamos, proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva, así nos lo recuerda San Pablo en la segunda lectura. Su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica. Hoy le pedimos a Jesús que nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de su redención. ¿Y cuál es el fruto de su redención? Experimentar el amor más grande, de quien da su vida por nosotros para nuestra salvación eterna. El fruto de su redención es una vida nueva, transfigurada, vida movida por el Espíritu Santo, como hijos amados del Padre celestial.

Esta solemnidad tiene también una preciosa Secuencia, antes del aleluya, que presenta de manera bellísima y poética el misterio de la eucaristía, verdadero Pan de los Hijos, viático de nuestro camino, que nos prepara para el banquete del reino de los cielos. Jesús es el buen pastor, Pan verdadero, que nos apacienta y nos protege. Le pedimos nos haga sus comensales, coherederos y compañeros de los santos, porque él nos lo aseguró: “el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Así reza la oración final de la Misa: “Concédenos, Señor, saciarnos del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual de tu precioso Cuerpo y Sangre”.

El Cuerpo y la Sangre de Cristo, me guarden para la vida eterna. Amén.

#PalabraDelSeñor

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