En este Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, Monseñor Rafael Escudero López-Brea, Obispo de la Prelatura de Moyobamba, presidirá la Celebración Eucarística en la Catedral de Moyobamba.

Jesús se presenta a sí mismo como el centro de su mensaje, Él mismo es el Reino que predica. Por eso, pide una adhesión sin reservas a su Persona con términos como jamás se atrevió a usar hombre alguno: “Si alguno viene a mí y no me ama más que a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío”.
Jesús pide una renuncia total, para que nuestra entrega a Él sea también total, quiere dejar muy claras las condiciones para ser discípulo suyo: como Él es libre ante su familia y ante el ambiente social, así, sus discípulos deben vivir esa libertad y estar dispuestos a renunciar a todo: familia, riquezas, trabajo y al propio egoísmo. Ciertamente Jesús no nos está invitando a odiar o a despreciar a la familia. Ni a suicidarnos, cuando dice que tenemos que renunciar incluso a nosotros mismos. Nos está diciendo que tenemos que saber distinguir entre lo importante, lo absoluto, que es Dios mismo, y lo menos importante. Ya sabemos que el Señor quiere que amemos a los nuestros. El amor a los hijos, el amor fraterno, el amor conyugal son santos, pero el amor de Dios que los sostiene y anima debe ser mayor todavía en cada uno de nosotros. Y hemos de obrar en consecuencia, sabiendo renunciar a lo secundario para conseguir lo principal. Hemos de estar dispuestos a renunciar a los nuestros y a lo nuestro si son un obstáculo para lograr el Reino de Dios.
“Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”.
Jesús forma a los suyos en el riesgo, en el sufrimiento, insiste en la idea de que la cruz y el fracaso son necesarios para el triunfo final. Han de estar dispuestos a aceptar la muerte violenta como consecuencia de su seguimiento. Seguir a Cristo exige opciones valientes, personales. Supone tomar la cruz y renunciarse a sí mismo, a nuestras apetencias más instintivas, a las sugerencias de este mundo, a las tentaciones de Satanás, que no nos llevan a ninguna parte. Seguir a Cristo no consiste solamente en saber cosas sobre su Persona o adherirse a unas verdades que Él predica. Es aceptarle a Él, amarle sobre todo y todas las personas y cosas; es aceptar su estilo de vida y querer compartir sus ansias redentoras; en definitiva es someter nuestra voluntad rebelde a su divina voluntad. Sólo Dios puede exigir una adhesión a Él tan inaudita. Lo que Cristo dice parece duro y exigente. Sólo el amor personal y apasionado a Jesucristo es el que nos hace estar dispuestos a perderlo todo por Él, a no poner condiciones a su seguimiento, a no anteponer a Él absolutamente nada ni nadie. Cuando no existe el amor a Cristo o se ha enfriado, todo son excusas y dificultades, se calcula cada renuncia, se recorta la generosidad, se frena la entrega, se disimula o justifica el pecado…
“Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?… ¿O qué rey, si va a dar batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?”
Construir, combatir… dos empresas que requieren reflexión y perseverancia. Seguir a Cristo no se hace sin reflexión, sin pensarlo antes. La causa de Cristo no quiere cobardes: mejor es no empezar que abandonar torpemente lo comenzado. Nuestra fuerza está en el Señor. Confiamos en su gracia y en su amor infalible. Con Él podemos aventurarnos a seguirle, con Él podemos vencer en la batalla contra el pecado y las fuerzas del Maligno.
“Lo mismo ustedes: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.
No podemos agradar a Dios en medio de las cosas que distraen el alma y en las que peligra de sucumbir por la astucia del diablo. No sólo debemos despegarnos de lo que queremos, sino que debemos abrazarnos con valor a las penas y trabajos de la vida. Cada cristiano, según su vocación y situación, ha de vivir “por Cristo, con Él y en Él”, sin más intereses: riquezas, reconocimiento social, proyectos propios, gratificaciones afectivas… Seguir a Jesucristo es la ley del cristiano, ley nueva o ley evangélica que cumple, supera y lleva a su perfección la ley antigua. Es ley de amor, de gracia y de libertad. Exige renuncia al egoísmo y al amor propio y un gran amor a Cristo. Que no nos extrañen los obstáculos, ni los sufrimientos, ni las dificultades de la vida cristiana. Consideremos todo esto como una oportunidad que tenemos para asociarnos a Cristo cargado con la cruz; aprovechemos la ocasión para caminar siguiendo a Jesús hacia la Cruz y la Vida.
